De la Tierra de Yahvé a la Isla de Afrodita

Si uno se durmiera en Israel y por arte de magia despertara en Chipre, podría demorar en notar el cambio de latitudes: el mismo paisaje, el mismo suelo, la misma vegetación y el mismo clima. Chipre es una tierra árida pero no del todo, me recordó la salida de Jerusalén en camino al Mar Muerto, esa región incierta dónde escasea la lluvia pero aún no es desierto, ese limbo entre la ciudad y la desolación, entre la vida y la muerte. Por allí donde está Betania (actual El-Azaria), antiguo hogar de Lázaro, Marta y María. Según la leyenda, Lázaro después de la resurrección se mudó a la antigua Kition (actual Lárnaca), donde vivió otros treinta años. Imagino que se habrá sentido como en casa.

Iglesia de San Lázaro en Lárnaca, Chipre.
Se dice que allí está su segunda tumba.

Chipre e Israel tienen también mucha historia en común. Tierras pequeñas de ubicación estratégica que fueron conquistadas una y otra vez por los grandes imperios. Por ambas pasaron griegos, romanos, bizantinos, cruzados, otomanos, británicos. Hay quienes ven similitudes también entre sus conflictos actuales: chipriotas y turcos, palestinos e israelíes.

Chipre fue en algunas épocas una especie de "Tierra Santa en el exilio", Lázaro no fue el único que cambió así de domicilio. En los siglos XII y XIII muchos cruzados expulsados de tierra firme se refugiaron en la vecina isla. En el Siglo XX, acabada la Segunda Guerra Mundial, refugiados judíos que partían de Europa en dirección a Palestina eran interceptados por los británicos y enviados a campos de detención en Chipre.

Israel y Chipre son excelentes destinos turísticos para los amantes de la historia y la arqueología. Después de haber visitado tantos sitios arqueológicos en Israel no creía que los de Chipre me iban a impactar. Me llevé una grata sorpresa con Paphos y sus mosáicos romanos. Los mosaicos romanos de Galilea palidecen en comparación.

Impresionante calidad y estado de conservación.
Véase la señora en pelotas, de esas no he visto en Israel,
en Tierra Santa hasta los mosaicos son más recatados.
Estrella de David y Esvástica entre otras figuras geométricas.

Las sinagogas sefardíes de Jerusalén

Kalat al Mina: una fortaleza del periodo árabe antiguo

Año 638. Tras dos años de asedio, las fuerzas árabes al mando del califa Omar ibn al Jattab logran entrar en la ciudad bizantina de Jerusalén. La conquista árabe de Palestina estaba prácticamente asegurada, pero aún quedaban enclaves bizantinos hostiles en la costa mediterránea. Los bizantinos, que eran maestros del mar, intentaron bloquear la expansión árabe mediante una férrea resistencia. La ausencia de una flota naval musulmana facilitó la entrega de suministros y la llegada de refuerzos desde Constantinopla, protegiendo las ciudades costeras de Cesarea y Ashkelón, que finalmente cayeron en los años 641 y 644 respectivamente. A mediados del siglo VII, mientras la guerra continúa en otros frentes, comienza en la Tierra de Israel el periodo árabe antiguo.

Almacenes de la fortaleza árabe de Ashdod
(Gabriel Colodro)

Este periodo se divide en tres grandes etapas principales: califato omeya (661-750), califato abasí (750-969) y califato fatimí (969-1073). Debido a que el Imperio bizantino poseía la supremacía naval en el Mediterráneo oriental y central, los árabes construyeron fortalezas a lo largo de la costa con el objetivo de evitar la reconquista cristiana de Palestina. De las fortalezas erigidas durante el periodo árabe antiguo la que mejor se conserva se encuentra en la ciudad de Ashdod.

El nombre árabe de la fortaleza es Kalat al Mina (la Ciudadela del Puerto), y fue construida, probablemente, a finales del siglo VII por el califa omeya Abd al Malik (el mismo que construyó la Cúpula de la Roca) sobre las ruinas del antiguo puerto bizantino. Para su construcción se utilizó una piedra arenisca característica de Israel llamada kurkar, producto de la litificación de las dunas de la costa. Las excavaciones arqueológicas en Kalat al Mina descubrieron columnas de mármol y algunos capiteles decorados con cruces y otros motivos cristianos. Se trata de los restos de una iglesia bizantina de Azotus Paralius. Esta práctica, reutilizar escombros y partes de edificios antiguos en proyectos nuevos, se conoce como spolia.

Una de las torres circulares occidentales de Kalat al Mina, construida
con kurkar, orientada hacia el Mediterráneo (G. Colodro)

La mayor parte de los restos visibles de la ciudadela pertenecen al periodo del califato fatimí. A diferencia de las fortalezas cruzadas, construidas con torres rectangulares, las fortalezas del periodo árabe antiguo se caracterizan por sus torres circulares. En Kalat al Mina las torres occidentales son circulares mientras que las orientales son rectangulares, detalle que nos indica que la fortaleza también consta de una etapa cruzada.

Este complejo era parte del sistema árabe de defensa, que consistía en una cadena de fortalezas, fortines y torres ubicados de manera estratégica entre la costa y la ciudad de Ramle, la capital provincial. Estas fortificaciones mantenían entre ellas contacto visual, de modo que pudiesen pedir auxilio en caso de emergencia. Todavía hoy en día pueden verse los restos de un fortín construido sobre una pequeña colina a 2 km al este de Kalat al Mina, en uno de los barrios residenciales de Ashdod.

Fortín del periodo árabe antiguo a 2 km
de la fortaleza costera de Kalat al Mina

Kalat al Mina quedó destruida en el año 1033 por un terremoto. Los cruzados llegaron a Tierra Santa en 1099 y reconstruyeron la fortaleza, cuyo nombre fue latinizado a Castellum Beroart. El castillo fue finalmente abandonado tras la expulsión de los cruzados en 1291.

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Ashdod fue una de las ciudades-estado que conformaban la Pentápolis filistea (junto con Gaza, Ashkelón, Gat y Ekrón). A pesar de estar cerca de la costa mediterránea, la ciudad, cuyas ruinas se identifican actualmente en Tel Ashdod, no tenía acceso directo al mar, y su actividad portuaria se desarrollaba en los asentamientos de Ashdod Yam, a 5 km al oeste, y de Tel Mor, a 8 km al noroeste.

La antigua ciudad filistea de Ashdod (Tel Ashdod)
y sus puertos (Ashdod Yam y Tel Mor)

Probablemente durante la Edad de Bronce ya existía un pequeño puerto de comercio en Ashdod Yam, pero su importancia empezó a crecer en la Edad de Hierro. Con la destrucción de Tel Mor por parte de las tropas asirias del rey Sargón II en el año 712 a. C., Ashdod Yam se convirtió en el principal asentamiento portuario conectado directamente a la ciudad interior de Ashdod.

Mapa de Madaba (siglo VI d. C.) que muestra la ciudad-puerto 
de Ashdod Yam (llamada Azotus Paralius)

En la época bizantina, la ciudad costera de Azotus Paralius se hizo aún más importante que su antigua capital. El Mapa de Madaba muestra una ciudad cristiana próspera y floreciente, con iglesias, fuentes, mercados y grandes edificios públicos. Tras la conquista árabe de la tierra de Israel, a mediados del siglo VII, el nombre de la ciudad fue arabizado a Isdud. Del periodo árabe destaca en Ashdod Yam una fortaleza llamada Kalat al Mina (la Ciudadela del Puerto).

Kalat al Mina, fortaleza árabe destinada a defender Ashdod
de los barcos de guerra bizantinos

Se está hoy en día realizando una excavación exhaustiva del antiguo puerto de Ashdod Yam. Es, pues, momento propicio para recordar la importancia que en su día tuvo esta ciudad. El proyecto de la Universidad de Tel Aviv, iniciado en verano de 2013 y cuya etapa inicial constará de 5 temporadas de excavación, tiene previsto volver a colocar a Ashdod en el mapa arqueológico.

Necrópolis de Ashdod de la época bizantina (Azotus Paralius)
descubierta durante las excavaciones de 2013

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Métodos de sepultura en el judaísmo (IV): la época de la Diáspora

La llegada al poder del Imperio bizantino merma la poca estabilidad que el pueblo judío aún poseía en Galilea. Las restricciones de los derechos civiles de los judíos y la anulación de sus privilegios religiosos provoca el exilio de gran parte de la comunidad. La abolición del Sanedrín, a principios del siglo V d. C., traslada finalmente el liderago judío a las escuelas talmúdicas de Babilonia.

Al no poder ser enterrados en Israel, como era costumbre en épocas anteriores, los judíos no tienen otra alternativa que sepultar a sus muertos en la diáspora. Pero hay un problema. Según todas las profecías del Tanaj, la resurrección de los muertos tendrá lugar únicamente en la tierra de Israel. ¿Y qué sucederá entonces con los que estén enterrados fuera de Israel? Para responder a esta inquietante pregunta los sabios plantean un nuevo concepto teológico llamado, en hebreo, guilgul mejilot. Los difuntos sepultados en la diáspora rodarán por túneles subterráneos hasta llegar a la tierra de Israel. Una vez allí, participarán ellos también en la resurrección de los muertos. Un midrash de la Edad Media confirma esta creencia: "Dios les hará canales debajo de la tierra y rodarán por ellos hasta llegar al Monte de los Olivos que está en Jerusalén. Y Dios, desde lo alto del monte, abrirá un conducto para que puedan salir" (Pesikta Rabatí 31).

Aquí comenzará la resurrección de los muertos (Monte de los Olivos)
 
Pero esta idea presenta otro interrogante. ¿Cómo harán los judíos enterrados en la diáspora para viajar por canales subterráneos si su cuerpo se encuentra atrapado dentro de un sarcófago de piedra? La innovación rabínica del guilgul mejilot se traduce, en términos prácticos, en una modificación del método de sepultura. El pueblo judío abandona definitivamente los sarcófagos, utilizados durante la época de la Mishná y el Talmud, y comienza a enterrar a sus muertos directamente en la tierra. Sin ataúd. De esta manera, cuando llegue la era mesiánica, los cuerpos podrán realizar fácilmente el proceso de rotación subterránea, y resucitar en Israel. Actualmente, en los países cuyas leyes prohíben este sistema de enterramiento, la halajá determina que se debe construir un ataúd de madera con agujeros en la parte inferior, de tal modo que el difunto esté conectado con la tierra.
 
El cambio en el método de sepultura judía a lo largo de la historia es un claro ejemplo del dinamismo de la halajá. Un dinamismo que no sólo se ve reflejado en el método de enterramiento, sino también en la evolución de las creencias y costumbres vinculadas a la muerte.
 
Judío ultraortodoxo rezando en un tumba
 
Si desde la época de las escuelas talmúdicas de Babilonia, a partir del siglo V d. C., el principal método de sepultura en el judaísmo estaba relacionado con la creencia en el guilgul mejilot, el retorno del pueblo judío a su tierra y la creación del Estado de Israel (1948) han replanteado nuevamente el debate halájico en torno a este asunto.
 
Opinan algunas autoridades rabínicas, y con razón, que si a lo largo de la historia los judíos pudieron modificar la sepultura por motivos prácticos y religiosos, también en la actualidad es posible realizar las adaptaciones que se consideren relevantes y regresar a los métodos utilizados en el pasado. Ya que lo que se reforma, al fin y al cabo, es la técnica de enterramiento y no el concepto en sí mismo. Los soldados caídos del Ejército israelí, por ejemplo, son sepultados dentro de un ataúd cubierto con la bandera de Israel.
 
Entierro en ataúd de un soldado israelí
 
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Métodos de sepultura en el judaísmo (III): la época de la Mishná y el Talmud

Necrópolis judía de la época de la Mishná y el Talmud (Beit Shearim)
 
La Gran Revuelta Judía (67-73) y la Rebelión de Bar Kojba (132-135) generan una nueva realidad en la historia del pueblo judío. A partir de esos acontecimientos, los judíos comienzan a vivir fuera del territorio de Judea en contra de su propia voluntad. La situación es tan inestable que surge el temor, bastante razonable, de que al cabo de 12 meses ningún familiar pueda regresar al nicho del difunto para recolectar sus huesos y colocarlos en el interior de un osario, como era costumbre durante la época del Segundo Templo. Debido a que se trata de un sistema de enterramiento que consta de dos fases, la consecuencia halájica de no completar el procedimiento es que el difunto no ha sido enterrado. Y en el judaísmo enterrar a los muertos es una obligación. Por eso, el pueblo judío se ve nuevamente en la necesidad de modificar, esta vez por razones prácticas, el método de sepultura.

A mediados del siglo II d. C., la mayor parte de la comunidad judía se traslada a la zona de Galilea, en el norte del país. Allí adoptan el método de entierro más común entre los paganos, que consiste en depositar el cadáver del difunto en un sarcófago el día de su muerte. O en otras palabras, consiste en completar el proceso de sepultura el mismo día para no tener que regresar a la tumba al cabo de un tiempo determinado. Las cuevas mortuorias pasan a ser, en la época de la Mishná y el Talmud, enormes almacenes de sarcófagos amontonados.

Sarcófago judío del siglo III d. C. hallado
en la necrópolis de Beit Shearim
 
Los rabinos sabían que eran tiempos difíciles y que no todos los judíos podían vivir en Israel. Y en esa misma época desarrollan una idea teológica destinada a preservar el vínculo entre el pueblo judío y su tierra. Dice el Talmud de Babilonia: "El que está enterrado en la tierra de Israel es como si estuviera enterrado bajo el altar del Templo" (Ketuvot 111). Es decir, el judío que no tiene el privilegio de vivir en Israel al menos deberá esforzarse por ser enterrado en Israel.
 
En la época del Segundo Templo el cementerio más popular se encontraba en el Monte de los Olivos, pues la tradición afirma que allí comenzará la resurrección de los muertos de la era mesiánica. Pero en la época de la Mishná y el Talmud (siglos II-V d. C.) Jerusalén es una ciudad pagana (Aelia Capitolina). Los judíos no tienen permitido vivir en la ciudad, mucho menos ser enterrados en ella, de modo que se crea una pequeña disyuntiva. Por un lado, los judíos quieren ser enterrados en Israel. Por otro lado, el acceso a Jerusalén y al Monte de los Olivos está prohibido. ¿Acaso existe en Israel otro lugar digno para ser sepultado? La solución se halla en una ciudad de Galilea llamada Beit Shearim.
 
Sinagoga de Beit Shearim del siglo III d. C.
 
Junto con la mayor parte de la comunidad judía, también los grandes rabinos, los cohanim y el Sanedrín se trasladan a Galilea a raíz de la Rebelión de Bar Kojba. Entre ellos se encuentra Rabí Yehuda Hanasí, compilador de la Mishná y principal líder político y religioso de la época. El Talmud de Jerusalén relata que a su muerte, en la primera mitad del siglo III, fue enterrado conforme a su deseo en el cementerio de Beit Shearim. Este hecho convertirá a esta ciudad de Galilea en la principal necrópolis del pueblo judío de la época de la Mishná y el Talmud.
 
Los arqueólogos israelíes Benjamin Mazar y Nahman Avigad hallaron en las excavaciones de Beit Shearim más de 30 cuevas que contienen cientos de sarcófagos de piedra. Y es que judíos de todos los rincones de la diáspora encuentran en Beit Shearim, al lado de la tumba de Rabí Yehuda Hanasí, un lugar alternativo a Jerusalén para ser sepultados. De este modo, la necrópolis de Beit Shearim sustituye al Monte de los Olivos durante los siglos III-IV d. C., época de máximo esplendor de Aelia Capitolina, al tiempo que la tradición de los osarios, popular en la época del Segundo Templo, es relevada por sarcófagos.
 
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Métodos de sepultura en el judaísmo (II): la época del Segundo Templo

Cementerio judío en el Monte de los Olivos
(imagen extraída del documental El Segundo Templo)

Si durante la época del Primer Templo las cuevas mortuorias familiares estaban relacionadas con la creencia judía en la resurrección colectiva, a partir de la época del Segundo Templo comienza a desarrollarse una concepción diferente que viene acompañada por un cambio radical en el método de sepultura. La creencia primitiva de una resurrección colectiva da paso a una creencia más evolucionada según la cual la resurrección, al llegar la era mesiánica, sería una resurrección individual.

Esta transformación en la teología judía se fundamenta en la idea de la recompensa y el castigo divinos tras la muerte. Dice el Libro de Daniel: "Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua" (Daniel 12:2). De este versículo se desprende la idea de que las recompensas, o castigos, serán diferentes para cada persona. Al morir, cada uno se presenta ante Dios en un juicio celestial y, según sus acciones en la vida, es bendecido con el cielo o castigado con el infierno. El Libro de Daniel es uno de los libros más tardíos del Tanaj. Fue escrito en algún momento entre el periodo persa (siglos V-IV a. C.) y la Revuelta de los Macabeos (siglo II a. C.). Es decir, fue escrito durante la época del Segundo Templo, probablemente por los sabios de la Gran Asamblea, institución antecesora del Sanedrín.

Por tanto, si ahora la resurrección es individual y el juicio celestial es personal, la sepultura también tiene que ser individual. Y a partir de la época del Segundo Templo el pueblo judío comienza a enterrar a sus muertos de manera particular, cada uno por separado. Se excavaban cuevas en estructuras de roca. Pero, a diferencia de la técnica utilizada durante la época de los reyes de Judá, en estas cuevas no había plataformas de piedra donde apoyar los cuerpos, sino que se realizaban pequeños nichos en la pared (kujim, en hebreo) dentro de los cuales se depositaban los cadáveres. Cada nicho tenía una piedra giratoria en la entrada que le otorgaba al difunto cierta privacidad.

Nichos de la época del Segundo Templo con piedras
giratorias en la entrada (Horvat Burgin)
 
Mediante este nuevo sistema de enterramiento tampoco se esperaba, como ocurría en la época del Primer Templo, a que se llenaran las tumbas para vaciarlas. En el periodo del Segundo Templo se colocaba el cuerpo en el interior del nicho y se cerraba con la piedra giratoria, de tal modo que el nicho quedara totalmente sellado. Al cabo de 12 meses regresaban los familiares a la tumba, recolectaban con cuidado los huesos y los colocaban en un pequeño recipiente de piedra caliza llamado osario. El tamaño de los osarios varía dependiendo de la longitud del fémur, que es el hueso más largo del cuerpo humano. Conociendo este detalle es posible intuir la edad aproximada del difunto a través del tamaño del osario. Hoy en día, cuando los arqueólogos abren un osario lo que normalmente encuentran es una calavera (es lo último que se colocaba) y debajo los fémures cruzados. Los huesos más pequeños, normalmente reducidos a polvo por el paso del tiempo, permanecen en el fondo.
 
 Osarios de la época del Segundo Templo
(imagen extraída del documental El Segundo Templo)
 
¿Por qué regresaban los familiares al cabo de 12 meses para recoger los huesos y colocarlos en un osario? Según una creencia judía que se desarrolla precisamente durante la época del Segundo Templo, el infierno no es una condena eterna sino una especie de castigo temporal en donde cada uno paga por sus pecados antes de llegar al cielo. Y el tiempo máximo que una persona puede pasar en el infierno, después de ser juzgado por el tribunal celestial, es de 12 meses. Por eso, el día en el que se recolectaban los huesos para colocarlos en el osario (yom likut atzamot) era para los familiares un día de júbilo y alegría. Ese día se celebraba un banquete festivo en honor al difunto. Porque incluso si la persona había recibido tras su muerte el peor de los castigos posibles, 12 meses en el infierno, a partir de ese momento su alma ya se encontraba en el cielo.
 
Y mientras, en el plano terrenal, sus huesos eran preservados dentro del osario a la espera de la resurrección que tendría lugar en la era mesiánica. Una resurrección que, en la época del Segundo Templo, ya no es colectiva sino individual.
 
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